Pongo a vuestra disposición la versión íntegra de mi último artículo publicado de manera resumida en la Gida Urola Garaia (Num. 169, pág. 49). Versa sobre las dinámicas de la violencia y sobre cómo podemos hacerles frente. En esta cuestión, como en muchas otras, quisiera agradecer a Adriana Grabowski la inspiración que supone para mí su enfoque y, como no, su generosidad a la hora de compartir su sabiduría.

CÓMO AFRONTAR LA VIOLENCIA

Por Karmele Iturbe, psicóloga y psicoterapeuta

Hoy en día la  agresividad tiene muy mala prensa. Hablamos de niños agresivos, de personas agresivas en el trabajo,… como si fueran demonios. Pero, ¿qué es la agresividad? ¿Y la violencia?.

La agresividad es el medio que tenemos los seres humanos para satisfacer nuestras  necesidades vitales, el impulso necesario para obtener placer. También es, por ejemplo, la capacidad de discriminación y masticación del organismo. El sistema inmune es agresivo en cuanto que discrimina bacterias y no deja pasar aquellas que ponen en peligro nuestra salud. Pero el discurso social, desarrollado sobre la religión cristiana dice que la agresividad es mala, que hay que controlarla, cuando en realidad quiere decir reprimirla. Nos hemos construido a partir de una religión que reprime los instintos por considerarlos perversos, peligrosos. El problema es que la energía reprimida lejos de desaparecer se transforma, se convierte en peligrosa por mantenerse oculta. Al condenar la agresión desde nuestra psique, la tensión interna se dispara creando irritabilidad, ira, rabia… y la agresividad se transforma, por ejemplo, en sadismo, algo bien distinto a lo que era en su origen.

Este es un territorio fértil para la violencia. Al haber tanta tensión, tanta carga, la energía va a salir de una manera desmesurada, invadiendo el espacio de otra persona. Esto se puede llevar a cabo de una manera aparentemente inocente, sin confrontación, como, por ejemplo,  en la manipulación, donde atravieso la frontera de otra persona pretendiendo adueñarme de ella, de sus decisiones. También la invasión del espacio del prójimo se puede llevar a cabo de una manera aparentemente más fuerte, con una cualidad dominante, autoritaria, descalificadora.

¿Qué sucede en esta pauta de dominación- sumisión? ¿Cómo se lleva a cabo? Me gusta el concepto de vínculo co-creado, al que apuntan Adriana Grabowski y Lidia González, porque remite a la responsabilidad de las personas que ocupan los dos polos de la misma situación. Resulta más esperanzador porque tanto si soy la parte maltratadora como la sometida puedo hacer algo por mejorar mi situación, si así lo deseo. Para la mayoría es más evidente la responsabilidad de la parte maltratadora: esta figura necesita resolver su necesidad de experimentar potencia y seguridad sometiendo al otro. Pero ¿qué pasa con la parte sometida? ¿Se puede transcender un vínculo de sometimiento- maltrato? O ¿dependo de que la otra parte cambie?.

Por supuesto, en ninguna situación depende todo de mí, pero sí la parte que me atañe, mi mitad. Cuando nos colocamos en el polo víctima delegamos la responsabilidad de lo que sentimos en la otra persona. Que alguien nos grite no es nuestra elección; sí, en cambio, la respuesta que damos a ello.  Generalmente tendemos a pensar “cómo me puede hablar así“, reaccionamos ante aquello que nos ha molestado con indignación (“¡A mí no me grites!”) o indefensión-debilidad. La mayoría de las veces  justificamos conductas que para nosotros son inadecuadas, como gritar y descalificar. Es el “ojo por ojo, diente por diente”. Reaccionamos reproduciendo aquello que no nos ha gustado.  Nos sometemos al intercambio que propone la otra parte y dependemos de que el otro cambie su manera de actuar por otra que para mí sea más fácil de manejar.  De ese modo nos quedamos a expensas de cómo me tratan, apoyamos nuestro bienestar en la otra persona. Bien, eso sólo vale para los niños.

Desde la actitud no sometible  no reaccionamos, sino respondemos. Nuestro bienestar no depende exclusivamente de cómo nos traten (no es una tragedia que nos griten, aunque no nos guste), podemos respetar la actitud de la otra parte aun sin compartirla. Desarrollar este autosoporte, esta autonomía, es parte de nuestro proceso de maduración e integración; en definitiva, de co-crear relaciones más igualitarias, satisfactorias y de mayor respeto mutuo. Por supuesto, para transcender la dinámica de dominación-sumisión necesitaremos vivir muchas situaciones donde esto se ponga en juego. Aunque parezca una paradoja, frente a alguien que nos produce temor es cuando más podremos aprender, desde la plena consciencia, a desarrollar una actitud no sometible que resulte en una mejora de nuestra situación.

 

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