Poco a poco, cada vez hay más grupos de desarrollo personal para hombres, espacios de reflexión sobre la identidad masculina. Sin ir muy lejos, Carlos Sebal y Ander Sustacha coordinan uno desde el año 2013 en Pamplona, en el centro Laskurain. Es una buena noticia. Por eso he considerado oportuno compartir con vosotras y especialmente con vosotros este artículo de Sergio Sinay publicado en AGBA donde habla de su experiencia como coordinador de uno de estos grupos en Argentina. Qué disfrutéis de la lectura.

El rescate de la masculinidad profunda – Una experiencia de integración” por Sergio Sinay.

“A comienzos de esta década, cuando transitaba mis primeras experiencias en la coordinación de grupos de hombres, escuché una significativa acusación de parte de algunas mujeres. «¡Ustedes son unos discriminadores!», nos enrostraban indignadas a quienes convocábamos cuando les informábamos que esos grupos y talleres sólo admitían participantes varones.  Pocas veces escuché la palabra discriminación mejor usada que entonces, aunque no sé si era el objetivo de ellas. Cuesta sentirse acusado de discriminador y no tomarlo como una ofensa. Pero en aquel caso era así: proponíamos los grupos como espacios en los cuales los hombres pudiéramos discriminarnos. Es decir, vemos como figura fuera del fondo de los estereotipos, los modelos y los mandatos que esta cultura destina a la masculinidad. Una cuestión pendiente Discriminarnos de las mujeres, de nuestros antecesores, de nuestros contemporáneos y de nuestros sucesores abría la posibilidad de saber quiénes somos, de descubrir la originalidad de lo masculino y la singularidad de cada varón. Cuando arrancaba el tramo final de este siglo y de este milenio, esa asignatura de los hombres no podía seguir pendiente sin causarnos dolor, desorientación, confusión, extravío y sufrimiento. La historiadora y filósofa francesa Elisabeth Badinter (autora de XY-La identidad masculina y participante de los movimientos feministas de mediados de siglo) reconoce que «la adquisición de la identidad masculina es ardua y dolorosa, mucho más que para la niña adquirir la propia». En un documental sobre los grupos coordinados por el poeta e investigador jungiano Robert Bly (uno de los iniciadores de este movimiento), se ve a un muchacho pararse en determinado momento y preguntar: «¿Dónde están los hombres de hoy?». La respuesta más simple podría ser esta: están sumergidos debajo de roles, exigencias y mandatos que los inmovilizan, los bloquean emocionalmente, paralizan sus impulsos más genuinos y auténticos y postergan la potencialización de sus posibilidades. Quiero citar rápidamente el gran cambio que desde los años 50 en adelante (y particularmente desde los 60) protagonizaron las mujeres en cuanto a su propia situación, sus propias postergaciones y sus propia femineidad negada. La trampa de los estereotipos mantuvo cazados durante generaciones a mujeres y hombres por igual, enfrentándonos en una «guerra de los sexos» que sólo tuvo (y sólo puede tener aún hoy) perdedores. Las tres décadas de transformación de lo femenino son encomiables e imprescindibles en el cambio del escenario de las relaciones humanas en nuestra sociedad.  Pero es insuficiente si no se acompaña de un cambio de lo masculino. El psicoterapeuta James Hillman (compañero de ruta de Bly) dice que desde la Revolución Industrial en adelante el hombre ha ido siendo alejado -por la cultura, por el entorno, por los mandatos educativos, por sus propias obsesiones- de lo masculino profundo. El intento de recuperar esa masculinidad se ha ido convirtiendo, dice Hillman, en «el primer proceso social posmoderno». Hombres en grupo Los grupos de hombres son una manifestación de ese proceso. No todos estos grupos son iguales, aunque tengan un objetivo común: romper el cerco del estereotipo y explorar otras áreas de la masculinidad. Algunos procuran desenterrar el hombre «salvaje» o natural volviendo a escenarios primitivos y selváticos en los que se recuperan y ensayan antiguos modos de comunicación (corporal y percusiva). Otros ponen el acento en la reflexión sobre la propia condición y en la indagación intelectual. Hay grupos que trabajan en el propósito de despertar lo «femenino» dormido o desconocido de los varones. Otros se proponen como grupos terapéuticos en los que se abordan las patologías que genera el ejercicio de la masculinidad diseñado por nuestro cultura. Mi experiencia personal ha ido derivando hacia otra opción. Empecé proponiendo una recorrida por las cuestiones generales de la masculinidad: nuestras actitudes hacia el trabajo, el éxito, los hijos, las mujeres, los otros hombres, los padres, el cuerpo, la sexualidad, la comunidad. La pregunta por nuestras creencias, nuestros mandatos, nuestros rituales (o la pérdida de ellos). Esto fue lo que me preocupó en el tramo inicial de mi experiencia. Se trataba de ir descubriendo, a través de una búsqueda compartida en los grupos, los rasgos comunes a todos nosotros, sobre los cuales los hombres (enseñados para ocuparnos de lo externo, del funcionamiento del mundo y de las cosas, pero no de las emociones y los afectos) carecíamos de registro. Eso marcó un comienzo en la trayectoria de aquellos grupos iniciales y en la mía. El cierre de muchas de esas preguntas abrió, gestálticamente, otras. Aquel primer tramo delineó lo general de la masculinidad. Las etapas posteriores apuntaron a las particularidades.  Trabajé con grupos sobre cuestiones específicas: hombres en la segunda mitad de la vida, hombres «embarazados» que iban a debutar como padres, grupos sobre la sexualidad masculina, grupos de padres de adolescentes; actualmente sumo a esto grupos de hombres recién divorciados o a punto de hacerlo, y grupos de hombres nucleados a partir de la vinculación del fútbol con nuestras vidas. Advertí que el trabajar desde una particularidad permite llegar a una visión y comprensión de lo general. Es interesante ver, en el panorama de estas propuestas y experiencias, cómo el todo de la masculinidad no es necesariamente la suma de sus partes. Un hombre no es la acumulación de un padre, más un hijo, más un marido, más un profesional, más un trabajador, más un comerciante, más un hincha, más un productor, más un líder, más un amigo, más un competidor, más un amante, más un pensador, más cualquier otro rol. Es más que eso, un ser único e irrepetible que no puede ser abarcado por un prejuicio, un preconcepto o un estereotipo. En la diversidad que propone un grupo de pares es posible, según mi experiencia, descubrir esa originalidad de cada uno emergiendo del telón de fondo de las vivencias y experiencias compartidas a lo largo de nuestra vida como hombres. Las otras polaridades El abordaje de las particularidades de las vivencias masculinas es, volviendo al principio, un ejercicio de discriminación. Una discriminación esclarecedora. Al profundizar en ella se dibuja el perfil de la masculinidad profunda, auténtica y, a menudo, oculta. Esa masculinidad no se completa, como suele decirse a menudo, con la asunción de lo «femenino». En esta comprobación reside, según mi experiencia, la riqueza fundamental del grupo de hombres. Los Grupos de Exploración del Alma Masculina -como elijo llamarlos- no son espacios en donde los hombres despiertan su parte «femenina». Después de varios años de trabajo profundizando en la cara oculta de la masculinidad, tengo la certeza de que esa cara no es la de una mujer. Tradicionalmente se aceptan estas polaridades:

Masculino           Femenino                    

Actividad            Pasividad

Fuerza                Debilidad

Dureza                Sensibilidad

Empuje               Contención

Arrojo                Receptividad

Invulnerabilidad   Fragilidad

Pensamiento       Sentimiento

Racionalidad       Emoción

Castigo               Recompensa

Exigencia            Protección

Provisión            Cuidado

Impulso              Reposo

Coraje                Prudencia

Resistencia          Nutrición

Ira                      Comprensión

Exterioridad       Interioridad

Lo público          Lo privado

Mandar              Convencer

Reflexión           Intuición

Ordenar              Pedir

Si cambiar o ampliar el estereotipo tradicional masculino consistiera sólo en que los hombres asumieran aquellas características que no les son culturalmente asignadas, nada cambiaría de fondo. Seguiríamos atados a la idea de que hay características «naturalmente» femeninas y otras «naturalmente» masculinas. Al profundizar el trabajo con los hombres advertí que, partiendo de esa idea, se llega a percibir el perfil de un hombre «afeminado» (es decir, que matiza su estereotipo con la adopción de algunas actitudes, y no más que eso, atribuidas al estereotipo femenino). En la realidad de su vida ese hombre o no registra transformaciones profundas o deviene en lo que se conoce como hombre light. Ni en uno ni en otro caso es posible esperar un encuentro verdadero y profundo con la mujer. Desde esa perspectiva se plantea, creo, una polaridad falsa y el resultado del trabajo será una integración artificial y transitoria. Cuando un grupo de hombres se consolida y se solidifica como una red solidaria, como un generador de iniciativas colectivas, como un contenedor de experiencias individuales, como un disparador de trabajos comunitarios, como un modificador de escenarios profesionales y familiares de sus componentes, ello ocurre desde una integración diferente. De acuerdo con mi visión, todas las características repartidas en el cuadro citado más arriba son humanas. La división en estereotipos corresponde a la acción cultural. Pero esa adjudicación podría ser reemplazada por una lista única en la cual todos estos atributos, juntos, se consideraran simplemente humanos. La cuestión pendiente Si aceptamos esto podemos proponer una nueva concepción de las polaridades. Así, hay atributos humanos y hay modos masculinos y femeninos de registrar, experimentar, vivenciar y expresar esos atributos. El trabajo en los grupos que coordino no pone el acento en una carencia masculina, sino en una postergación. Por ejemplo, no decimos que los hombres carecemos de sensibilidad o de capacidad para la interioridad, sino que no hemos aprendido cuál es la manera masculina de expresarías y comunicarlas. Cada uno de los sexos conoce el modelo opuesto de expresar aquellos atributos que le son negados o que tiene postergados.  La tarea pendiente es registrar e integrar el propio modo de actualizar esos atributos.

Esto significa que la polaridad no es, por ejemplo, provisión-cuidado, sino modo masculino de proveer-modo femenino de proveer y modo masculino de cuidar-modo femenino de cuidar.  En los grupos de hombres propongo, hoy, trabajar en los modos masculinos de expresar los atributos negados (o designados como características del otro sexo) y en los modos auténticos, no regidos por mandatos y creencias, de expresar los atributos permitidos y exigidos. De esto nacerá el acceso a la masculinidad profunda, que no es sinónimo de «nueva masculinidad». La «nueva masculinidad» aparece, desde mi perspectiva, como una necesidad de la moda cultural, pero lo «nuevo» puede ser «viejo» ante el menor cambio de las tendencias reinantes. Estos conceptos que se repiten sin fundamentarse resultan riesgosos en la actual atmósfera posmodemista. L a masculinidad profunda alude a pilares ancestrales de lo masculino. La exploración grupal transcurre en ese territorio, no intenta inventar nada, sino hacer pasar de fondo a figura aquellas características de los varones que, al ser relegadas por la ausencia de modelos y por la presencia de exigencias sostenidas desde afuera de las verdaderas necesidades y posibilidades masculinas terminaron por empobrecer la vida de los hombres contemporáneos. Integrar las posibilidades presentes y las potencialidades postergadas de los varones, es la propuesta de la exploración del alma masculina. Una vez completado este proceso se abre uno nuevo. Cuando hombres y mujer nos encontremos habiendo descubierto las auténticas expresiones masculinas y femeninas de todos los atributos humanos, nos encontraremos ante el desafío profundo de la aceptación: cada uno comprobará que hay modos diferentes de expresar lo que creía y consideraba propio y deberá aceptar esa diferencia y los consecuentes misterios que ella propone. Los hombres veremos expresiones no conocidas por nosotros de la fuerza, el coraje o la acción y las mujeres se encontrarán con modos no conocidos por ellas de manifestar la ternura, la pasividad o la nutrición. Una nueva gestalt nos aguardará”.

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